Como siempre, la entrada se hace con ánimo deficitario. La opinión es la que es porque este palo aguanta su vela.
Si otra fuera igualmente se daría. Sin embargo, hoy ha salido naranja y no limón porque el libro lo vale.
Si otra fuera igualmente se daría. Sin embargo, hoy ha salido naranja y no limón porque el libro lo vale.
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Hace ya bastantes años, una
importante institución dedicada a la cosa ilustrada o así, encuestó a sus asociados para preguntarles cuál era la mayor contribución de España a
la cultura universal. Los creadores nacionales, extáticos por el arrobo que les producía Ketama, concluyeron en masa: el flamenco. Dejemos de lado, solo por no ponernos a discutir si eso era o no España, el olvido accidental de cinco emperadores y la
Edad de Plata de Roma; Isidoro de Sevilla; la conservación
visigótica; la creación científica y artística durante el califato de Córdoba;
los pensadores y papas de la
Corona de Aragón; los Borgia, y algunas órdenes religiosas y
científicos quemados. Dejando todo eso de lado, les aseguro desde ya que el flamenco al que se referían no venía de las nieblas holandesas. ¿Dónde les quedó entonces el Siglo de Oro? Eso se lo pasaron en blanco, que además de ser cosa de viejos conservadores y no generar derechos, bastante había con asumir la picaresca en su día a día. Presuntamente.
Esta clase de ausencia de
referentes son los que crean los complejos de una cultura popular sin originalidad, autocomplaciente y pobre, que al ver una cosa distinta -el flamenco- queda cegada y la idolatra (¿qué culpa tendrá el flamenco?). Para lo demás, el camino es imitar al Imperio, ¿qué más da que tenga historia,
tradiciones, valores y conflictos que queden lejos? ¿El idioma? Filfas: en un mundo globalizado aparentemos escribir como ellos y al traducirlo al inglés ya quedará bien.
Entonces llega un tipo, mira atrás con
respeto e imaginación y da una lección de gusto y raíces que deberíamos anotar.
Yo, por mi parte, me descubro ante el Memoria de Tinieblas de Eduardo
Vaquerizo.




